Arenga editorial

Estimados autores, colaboradores y amigos de Gourmet Musical Ediciones (y aquellos interesados en serlo):

Esta editorial es un proyecto sumamente ambicioso, guiado por el slogan “Libros sobre música para conocedores y para curiosos”.

La existencia de una editorial dedicada exclusivamente a la publicación de libros sobre música –ensayos o libros de investigación histórica y no solamente material didáctico– es algo inédito en nuestro país, e incluso poco frecuente en el mundo.

Pretendemos producir ediciones que puedan ser de utilidad para los especialistas en musicología pero que, a la vez, resulten de interés para un público más amplio, aquel para el que no encuentro mejor definición que la de “personas cultas” o, mejor aún, la de “lectores humanos”. Existe un grupo de gente habituada a ir al cine, al teatro, a ver exposiciones de arte, a escuchar conciertos de diferentes tipos de música y a leer. A leer literatura, pero también ensayos, libros de historia, de ciencias sociales, de artes y de cultura en general. Buena parte de esta gente es amante de la música y muy selectiva en sus gustos, pero así como cultiva un cierto grado de reflexión, conocimiento y capacitación, suele sentir que la producción musicológica le es ajena, cuando no totalmente desconocida. Esta enorme distancia con la investigación especializada se da también, más enojosamente aún, en buena parte del público amante de la música, consumidor de discos, conciertos y revistas, e incluso entre los mismos músicos.

Lamentablemente, en nuestro país, el de la academia no es un mercado para los libros. Las bibliotecas y las instituciones no suelen comprarlos, y los alumnos, y buena parte de los docentes, están convencidos de que pueden educarse exclusivamente en base a fotocopias. Y para que una editorial subsista hay que pensar en libros que, por lo menos, puedan ser leídos por mil (o, como mínimo, por quinientas) personas. Si un texto sólo es de interés para cinco o diez especialistas, es mejor mandarlo por mail. Esto quiere decir que no se puede escribir solamente para nuestros colegas más cercanos. De todas maneras, a ellos vamos a terminar regalándoles el libro y tampoco lo leerán, porque ya conocen lo que hacemos. Mal que nos pese, es preciso pensar en el lector.

Pensar en el lector no quiere decir ser superficial.

Pensar en el lector no quiere decir ser poco serio.

Pensar en el lector no quiere decir no ser riguroso.

Pensar en el lector no quiere decir evitar los conceptos complejos.

Pensar en el lector es tener interés es compartir nuestras ideas, en dar a conocer nuestro trabajo, en creer que lo que hacemos tiene sentido e interés.

¿Cómo se piensa en el lector? Aquí, algunas primeras posibilidades. Por ejemplo:

Evitar los sobreentendidos. En un congreso de musicología, todos comprenden que si alguien cita, por ejemplo, “las obras de Paz”, probablemente se refiere a la música del compositor argentino Juan Carlos Paz. Pero, aunque resulte difícil de creer, para mucha gente que puede interesarse por nuestra producción, esta referencia no es en absoluto obvia. Que los nombres de pila de las personas mencionadas aparezcan al menos alguna vez en un libro es un buen gesto, pero es también bueno tomarse el trabajo de explicar, aunque sea muy brevemente, todo aquello que pueda no ser conocido previamente por el lector culto no especialista.

Ser técnico pero no críptico. Mucha de la terminología específica puede explicarse o aclararse brevemente. Quien conozca el significado podrá pasar por alto la frase en cuestión y quien no, agradecerá no ser dejado afuera.

No confundir ser académico con ser snob. Evitar la codificación excesiva. ¿Sirve para algo, excepto para alienar al lector humano, poner “Cfr. ut supra” cuando puede decirse simplemente “Véase más arriba”?

Si se usan ejemplos, que sean para ejemplificar. Cuando se habla de música, una partitura resulta muchas veces la mejor forma de demostrar un argumento Pero es preciso ser realista y recordar que la cantidad de gente que puede ver una partitura e imaginarse cómo suena esa música sin la ayuda de un instrumento musical o una grabación es ínfima. Esto le sucede incluso a muchos músicos. Y no significa que no puedan incluirse partituras en los libros, sino que hay que tomarse el trabajo de explicar qué es lo que se está queriendo mostrar con ese ejemplo. Los expertos podrán corroborar o disentir con el análisis propuesto, y el resto del mundo podrá creer o no en lo expuesto en idioma castellano.

Esforzarse por escribir claro. Si una oración tiene diez líneas, seguramente incluye más de una idea y puede dividirse en dos o tres más breves. Si una frase tiene varias subordinadas, guiones, comas y/o paréntesis, seguramente puede reformularse de una manera más directa.

Pensar en los otros. Un ejercicio interesante es imaginarse cómo le explicaría uno lo que quiere decir a un colega o un amigo no especialista. Esto requiere cierta autocrítica y honestidad para detectar qué dudas podrían surgir en ese posible lector y también algo de tacto para buscar un balance que evite tanto ser condescendiente como elitista.

Todo esto parece bastante ¿no? Pero a la vez, para esta editorial es relevante tener en cuenta otras cosas. Por ejemplo:

Citar. No le tenemos miedo a las notas al pie ni intentamos esconderlas inútilmente al final de cada capítulo. Las notas al pie van –como su nombre lo indica– al pie, para que quien quiera seguirlas pueda hacerlo con comodidad y quien quiera obviarlas pueda decidir si le interesan o no con un mismo golpe de vista. Pero más allá de su ubicación, lo importante es la idea de que se debe aclarar cuáles son las fuentes de información utilizadas. Si se hace referencia a que alguien dijo algo, hay que poder decir dónde y cuándo lo hizo y cómo es que uno sabe de ello. Si no se sabe, paciencia, se aclara que no se sabe.

Compartir información. Nos interesa intentar que los libros permitan dos tipos de lectura. Una primera, como la de quien lee una novela por primera vez de principio a fin, y una segunda y tal vez eterna, donde el libro se transforma en herramienta, en material de referencia. Esto se traduce en tratar de incluir índices onomásticos (no se asusten, los hace el editor), pero también (y esto sí deben proporcionarlo los autores) bibliografías exhaustivas, discografías completas, catálogos de obras detallados y todo aquello que pueda transformase en fuente para futuros trabajos.

Pero, por sobre todas las cosas, apuntamos a producir material original. Queremos editar libros que no se limiten a repetir una y otra vez lo ya dicho en obras anteriores, sino que se aventuren a encontrar y analizar fuentes primarias, manuscritos, entrevistas originales, grabaciones, materiales de archivos y de museos, registros administrativos, papeles personales, cartas y todos aquellos documentos de primera mano que puedan encontrarse. Y no solamente hay que hallar esa información, sino que es necesario organizarla, pensarla y reflexionar a propósito de ella. Hay que decir algo.

Esta es una editorial improbable, pero que existe.

Publicamos los primeros libros de gente muy valiosa, que trabaja hace muchos años casi en secreto. Y vamos por más.

Nuestro proceso de edición es lento, trabajoso y meticuloso pero, creemos –esperamos–, enriquecedor, estimulante y productivo. No somos una imprenta. La transformación de un texto o un proyecto en un libro es parte importante del sentido de nuestro esfuerzo.

Queremos una musicología interesante.

Queremos una musicología relevante.

Queremos que la gente a la que le gusta la música sea consciente de que conocer más sobre ella contribuye a ese disfrute.

Queremos que los músicos lean sobre música.

Queremos hacer libros que nos den ganas de leer y de escuchar música y de hablar sobre eso.

Ahí vamos. ¿Quiénes vienen?

Leandro Donozo

Buenos Aires, 18 de julio 2010